Antes de ganar el Mundial, alguien tuvo que sostener una infancia

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Este artículo reflexiona sobre el papel del Trabajo Social en la inclusión social de las personas migrantes y cómo el acompañamiento durante la infancia puede cambiar una trayectoria vital.

Hay imágenes que quedan grabadas para siempre como la de Lamine Yamal levantando una Copa del Mundo. Millones de personas aplaudieron el talento, la disciplina y el esfuerzo de uno de los mejores futbolistas de su generación.

Seguramente escucharemos frases como: «Nunca dejó de luchar», «Siempre creyó en su sueño» o «Es un ejemplo de superación». Y todas tendrán parte de razón.

Pero esta historia no empezó en una final. Empezó muchos años antes.

Empezó en una infancia. En una familia. En un barrio. En una escuela. En un campo de fútbol donde alguien decidió darle una oportunidad cuando todavía nadie conocía su nombre. Empezó gracias a personas que estuvieron presentes cuando el éxito aún era solo una posibilidad.

Vivimos en una sociedad que suele explicar los logros desde una perspectiva individual. Nos gusta pensar que quien llega lejos lo hace únicamente por su talento y esfuerzo. Sin embargo, la evidencia demuestra que el desarrollo de cualquier persona está profundamente condicionado por el entorno en el que crece. El apoyo familiar, la calidad del sistema educativo, el acceso a actividades deportivas, la estabilidad económica, la existencia de redes comunitarias y la posibilidad de ejercer plenamente los derechos sociales influyen de manera decisiva en las oportunidades de cada niño y niña.

Cuando además hablamos de familias que han vivido un proceso migratorio, la realidad es todavía más compleja. Migrar supone afrontar cambios profundos, despedidas, pérdidas y nuevos aprendizajes. También implica enfrentarse a barreras administrativas, culturales, lingüísticas y sociales que pueden dificultar la inclusión.

Es precisamente ahí donde el Trabajo Social adquiere un papel fundamental.

No porque «integre» a las personas, sino porque contribuye a crear las condiciones necesarias para que puedan participar plenamente en la sociedad. Acompaña, orienta, coordina recursos, fortalece redes comunitarias y ayuda a que ninguna circunstancia de vulnerabilidad termine convirtiéndose en una barrera permanente.

Quizá nunca sepamos cuántas historias de éxito comenzaron gracias a ese trabajo silencioso. Pero detrás de muchos logros individuales existe siempre una historia colectiva que merece ser contada.

El éxito nunca empieza el día de la final

Cuando una persona alcanza una meta extraordinaria solemos fijarnos únicamente en el resultado. El trofeo, la medalla, el reconocimiento o el éxito profesional ocupan todos los titulares. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en todo lo que ocurrió antes.

El talento es importante, pero por sí solo no garantiza el éxito. Necesita oportunidades para desarrollarse. Un niño o una niña puede tener unas capacidades excepcionales, pero si no dispone de un entorno seguro, de personas que crean en él o ella y de recursos suficientes para crecer, ese potencial difícilmente llegará a desplegarse.

La infancia constituye una de las etapas más determinantes del desarrollo humano. Durante esos primeros años se construyen la autoestima, el sentido de pertenencia, la confianza y muchas de las habilidades que acompañarán a la persona durante toda su vida. Por eso, las condiciones en las que crece cada niño o niña importan.

La familia suele ser el primer espacio de protección. Proporciona afecto, seguridad y referentes. Sin embargo, las familias también atraviesan dificultades económicas, procesos migratorios, situaciones de desempleo, problemas de vivienda o sobrecargas derivadas de los cuidados. Cuando estas circunstancias aparecen, las posibilidades de ofrecer determinadas oportunidades pueden verse limitadas, aunque exista todo el cariño del mundo.

La escuela representa otro pilar esencial. No solo transmite conocimientos, sino que favorece la socialización, detecta situaciones de vulnerabilidad y puede convertirse en un espacio de igualdad de oportunidades. Un profesorado implicado es capaz de descubrir capacidades que quizá permanecían ocultas y de acompañar al alumnado para que continúe desarrollándolas.

El barrio también educa. Las asociaciones vecinales, los clubes deportivos, las bibliotecas, los centros culturales o los espacios juveniles crean comunidad y generan oportunidades de participación. Muchas trayectorias vitales cambian gracias a la existencia de estos recursos.

El deporte es un magnífico ejemplo. Para miles de niños y niñas representa mucho más que una actividad física. Es un espacio donde aprenden disciplina, cooperación, gestión emocional y resolución de conflictos. También encuentran personas adultas que actúan como referentes positivos y grupos donde sentirse parte de algo.

Sin embargo, acceder a estas oportunidades no siempre resulta sencillo. Las dificultades económicas, la falta de información, las barreras administrativas o determinadas situaciones de exclusión pueden impedir que muchas familias participen plenamente en la vida comunitaria.

Hablar de igualdad de oportunidades significa precisamente reconocer estas desigualdades y trabajar para reducirlas.

El éxito, por tanto, nunca es exclusivamente individual. Siempre existe una red invisible formada por familiares, docentes, profesionales del ámbito social, entrenadores, amistades y comunidades enteras que sostienen el camino.

Reconocer esa dimensión colectiva no resta mérito al esfuerzo personal. Al contrario. Permite comprender que una sociedad comprometida con la infancia multiplica las posibilidades de que cada persona pueda desarrollar todo su potencial.

El proceso migratorio en España: cuando emigrar también significa aprender a despedirse

Migrar suele asociarse únicamente con un cambio de residencia. Sin embargo, desde la perspectiva del Trabajo Social y de la psicología transcultural sabemos que supone mucho más.

Emigrar implica dejar atrás personas, costumbres, idiomas, paisajes, relaciones, formas de entender el mundo y proyectos de vida. Supone reconstruir la cotidianeidad en un entorno desconocido mientras se intenta conservar parte de la identidad de origen.

El psiquiatra Joseba Achotegui ha descrito este proceso mediante el concepto de duelo migratorio, entendido como el conjunto de pérdidas y adaptaciones que experimentan las personas cuando migran. Lejos de ser una enfermedad, constituye una respuesta humana y natural ante una transformación profunda.

Por su parte, distintas autoras como Daniela Montes han contribuido a divulgar estos procesos desde una mirada centrada en las experiencias vitales de las personas migrantes, poniendo el foco tanto en las dificultades como en las fortalezas que desarrollan durante el camino.

Entre los principales duelos migratorios destacan la separación de la familia, la distancia respecto al lugar de origen, el cambio de lengua, las diferencias culturales, la pérdida de estatus social, la modificación de las redes de apoyo y la necesidad de reconstruir la propia identidad.

Muchas personas que en su país ejercían una profesión cualificada deben aceptar empleos precarios mientras homologan sus estudios o regularizan su situación administrativa. Otras viven durante años separadas de sus hijos e hijas, con el consiguiente impacto emocional.

La infancia también experimenta estos procesos de forma intensa.

Los niños y niñas deben adaptarse a un nuevo sistema educativo, hacer amistades, aprender otras normas sociales y, en ocasiones, convertirse en mediadores lingüísticos de sus propias familias. Durante la adolescencia pueden aparecer conflictos relacionados con la identidad, el sentimiento de pertenencia o la discriminación.

A menudo se sienten «demasiado extranjeros» en el país de acogida y, cuando regresan temporalmente al país de origen, descubren que también allí han cambiado.

Por eso resulta imprescindible desmontar algunos mitos frecuentes sobre la migración.

El primero consiste en pensar que migrar siempre mejora automáticamente la calidad de vida. Aunque muchas familias consiguen alcanzar sus objetivos, el proceso suele implicar importantes sacrificios personales y emocionales.

Otro mito muy extendido identifica a las personas migrantes únicamente con la vulnerabilidad. Sin embargo, migrar requiere una enorme capacidad de adaptación, resiliencia, iniciativa y fortaleza.

También conviene recordar que solicitar apoyo profesional no significa fracasar. Igual que cualquier otra familia puede necesitar orientación en determinados momentos, las familias migrantes también pueden beneficiarse de recursos que faciliten su inclusión y bienestar.

Comprender estos procesos permite intervenir desde una mirada respetuosa, evitando estereotipos y reconociendo la complejidad de cada trayectoria migratoria.

El poder del Trabajo Social en la inclusión

Cuando se habla de inclusión suele utilizarse un lenguaje que, aunque bienintencionado, puede transmitir una idea equivocada. Se dice que los servicios sociales «integran» a las personas, como si estas tuvieran que adaptarse por completo a una sociedad que permanece inalterable.

Sin embargo, el Trabajo Social parte de otra perspectiva. La inclusión no consiste en cambiar a las personas. Consiste en transformar las condiciones que dificultan su participación plena en la comunidad.

Esto implica garantizar derechos, eliminar barreras y fortalecer capacidades tanto individuales como colectivas.

El acompañamiento constituye una de las herramientas más valiosas de la profesión. Acompañar no significa resolver todos los problemas de una familia. Significa caminar junto a ella, identificar recursos, potenciar fortalezas y facilitar que pueda tomar decisiones informadas.

En muchas ocasiones, la intervención comienza con algo tan sencillo —y tan poderoso— como escuchar.

Detrás de una demanda económica puede existir una situación de aislamiento social. Detrás de un problema de absentismo escolar puede encontrarse una dificultad para acceder al transporte o una barrera idiomática. Detrás de un conflicto familiar pueden esconderse procesos migratorios no elaborados o experiencias de discriminación.

El Trabajo Social permite comprender estas realidades desde una mirada global.

La intervención familiar ayuda a fortalecer competencias parentales, mejorar la comunicación, reducir factores de riesgo y aumentar los factores protectores presentes en el entorno.

La coordinación con los centros educativos resulta igualmente imprescindible. Cuando profesionales de la educación y del ámbito social trabajan conjuntamente, es posible detectar precozmente situaciones de vulnerabilidad y diseñar respuestas adaptadas a cada realidad.

Algo similar ocurre con los recursos sanitarios, las entidades del tercer sector, los servicios de empleo, las asociaciones vecinales y los clubes deportivos.

La inclusión nunca depende de un único profesional. Es el resultado del trabajo coordinado de múltiples agentes que comparten un mismo objetivo: garantizar que todas las personas puedan ejercer plenamente sus derechos.

La mediación intercultural constituye otro elemento fundamental. No se trata únicamente de traducir idiomas, sino de facilitar el entendimiento mutuo, prevenir conflictos y construir puentes entre diferentes formas de comprender la realidad.

Además, el Trabajo Social desempeña un papel decisivo en la prevención de la exclusión social.

Cuando una familia consigue acceder a una vivienda estable, cuando un niño o una niña participa por primera vez en actividades extraescolares, cuando una madre encuentra apoyo para incorporarse al mercado laboral o cuando un adolescente permanece en el sistema educativo gracias a una intervención temprana, estamos hablando de procesos que reducen desigualdades antes de que estas se cronifiquen.

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