3 mins de aprendizaje
Hace unos días Encarnita Polo fallecía en una residencia de Ávila a manos de otro residente, lo que ha provocado un sinfín de tertulias en la televisión sobre los cuidados en estos centros. Pero, ¿qué sucede en las residencias de personas mayores? ¿Se está cuidando bien? ¿Se podría haber evitado?
El pasado 14 de noviembre se conocía la triste noticia del fallecimiento de la artista Encarnita Polo quien se encontraba en una residencia de Ávila. La cantante y actriz, tras vivir muchos años en Madrid, sus últimos años los pasó en Ávila.
Según cuentan los medios de comunicación, primero se fue a un piso de la ciudad, posteriormente vivió en un chalet con su hija y desde hacía casi un año ingresó en una residencia, ya que la vivienda no reunía las condiciones adecuadas.
Venga, te dejo que te saltes alguna parte...
Cuando Encarnita Polo ingresó en una residencia
Como suele ser habitual, muchas personas mayores ingresan en una residencia porque en su vivienda habitual o en la de sus hijos no pueden estar atendidos en las condiciones más adecuadas.
Viviendas que no están adaptadas, escaleras, hijos e hijas que tienen una gran jornada laboral, lo que impide poder estar cuidando, etc. son algunas de las razones que hace que se tome la decisión de ingresar en una residencia; sin olvidarnos que hay personas mayores que padecen distintas patologías y requieren de cuidados especiales.
Ingresar a un familiar en una residencia no es tarea sencilla. Y no solo por buscar cuál es el centro residencial más adecuado y que mejor pueda cuidar a la persona mayor, que en este sentido desde el Trabajo Social se hace una labor de asesoramiento e información, sino del sentimiento de culpabilidad que siente la familia.
En este caso, este sentimiento se puede ver agravado tras el fatídico acontecimiento. Es por ello importante que en los medios de comunicación no deben criminalizar a las residencias, ya que puede remover sentimientos encontrados en los espectadores: querer que tu padre/madre esté bien atendido vs saber qué no le puede atender.
Recordemos que una residencia no es un lugar donde curar, sino donde cuidar.
Las residencias son el cajón desastre
Por lo que he podido leer en distintos periódicos, la persona que cometió el asesinato en la residencia podría padecer alguna patología psiquiátrica. Esto debe hacernos reflexionar en qué se están convirtiendo algunas residencias.
La falta de recursos especializados para ciertos trastornos o patologías, está haciendo que las familias se vean «obligadas» a ingresar en una residencia a su familiar, por ser el recurso (y en ocasiones, el único) al que pueden acceder. Esto está provocando que estos centros se encuentren con personas que no deberían estar allí al no ser el recurso que necesitan.
Algunos centros no cuentan con unidades especializadas. Podemos encontrarnos personas con Alzheimer que comparten habitación con otra persona con problemas de salud mental. Tal vez sea interesante analizar el número de centros especializados que se han ido cerrando en los últimos años por las administraciones públicas.
Tampoco debemos olvidarnos de las condiciones laborales que tienen los y las trabajadores: falta de personal, bajas que no se cubren, profesionales haciendo funciones que no les corresponden, y sin olvidarnos de las condiciones económicas.
¿Qué hacer cuando detectamos un fallo en una residencia?
Uno de los comentarios más frecuentes que me han hecho familias con las que he gestionado el ingreso en residencias es: tengo miedo de decir algo por si toman represalias a mi familiar.
Lo primero que debemos saber que una residencia no es un espacio 100% seguro, y que cómo nos puede pasar en casa, puede haber incidencias.
Siempre recomiendo que se comunique de manera asertiva y positiva a algún profesional del centro: la trabajadora social o dirección del centro. Explicar qué es lo que ha sucedido y qué medidas de actuación se van a tomar a cabo para que no vuelva a ocurrir.
En caso de que las incidencias sigan repitiéndose, el siguiente paso sería valorar trasladar a la persona mayor a otra residencia, y/o poner una denuncia en la administración correspondiente. Tenemos que recordar que la competencia de las residencias es de las Comunidades Autónomas, por lo que deberemos dirigirnos a la consejería correspondiente.
¿Estamos cuidando bien o preferimos mirar hacia otro lado?
Para concluir este artículo, no me gustaría dejar de reflexionar sobre el siguiente punto. Cuando se produce un hecho como este en una residencia, los medios de comunicación (especialmente la televisión), dedican bastante tiempo a este tema porque genera audiencia.
Esta audiencia, en mi opinión, es generada porque nos despierta sentimientos encontrados. Por un lado, no queremos ingresar a un familiar en una residencia (porque seamos sinceros, como en caso, en ningún sitio… ni en un hotel cinco estrellas), y, por otro lado, sabemos que no podemos atenderles correctamente: falta de tiempo, conocimiento, formación, etc.
Lo que está claro es que el modelo de atención residencial de los últimos años debe cambiar. Los macrocentros residenciales, tal y como los hemos conocido, responden a un modelo que prioriza la masificación, la estandarización de los cuidados y una lógica casi hotelera que desdibuja la singularidad de cada persona mayor. En estos entornos, la atención se vuelve mecánica, y las personas corren el riesgo de convertirse en “usuarios” en lugar de sujetos de derecho con historias, afectos y necesidades diversas. La evidencia social y profesional nos muestra que estos centros dificultan la creación de vínculo, la participación activa y el acompañamiento emocional, factores clave para un envejecimiento digno.
El camino al que debemos avanzar es el de los modelos de atención centrada en la persona, inspirados en hogares pequeños, cálidos y comunitarios. Hablamos de unidades de convivencia de 10–15 personas, donde la vida cotidiana se organiza en torno a lo familiar: cocinar en el mismo espacio, compartir decisiones, adaptar los apoyos a cada proyecto de vida y favorecer la autonomía en lugar de limitarla. Este enfoque requiere equipos estables, formados y con tiempo para el cuidado relacional, además de servicios sociosanitarios coordinados y flexibles.
Pero claro, este modelo requiere de un mayor presupuesto. Y la pregunta que lanzo es, ¿quién debe asumir este coste? ¿la persona mayor, y por lo tanto la familia? ¿o las administraciones públicas?


