Por qué los Servicios Sociales deberían financiar internet o ChatGPT

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Te explico porqué los Servicios Sociales o entidades del tercer sector deberían tener un Bono Social de Conectividad en su cartera de servicios para financiar internet o herramientas como ChatGPT.

Durante muchos años, cuando hablábamos de necesidades básicas en Servicios Sociales, pensábamos principalmente en alimentos, vivienda, suministros o medicación. Y tiene sentido: garantizar la supervivencia material sigue siendo una prioridad absoluta para miles de familias.

Pero la realidad social ha cambiado. Hoy, una persona puede tener comida en casa y, aun así, quedar completamente excluida de la sociedad por no tener acceso a internet, un ordenador o herramientas digitales básicas. La exclusión ya no es solamente económica. También es digital.

Por eso, cada vez más administraciones públicas, entidades del Tercer Sector y profesionales del ámbito social empiezan a incorporar nuevas ayudas relacionadas con la conectividad, los dispositivos tecnológicos o incluso el acceso a herramientas de inteligencia artificial.

Es verdad que en 2024 se empezó a ofrecer el Bono social de Conectividad, pero ¿fue suficiente? ¿se sigue aplicando como un recurso más?

Y aunque para algunas personas esto todavía pueda parecer “secundario”, la realidad es que disponer de conexión a internet o de determinadas herramientas digitales puede marcar la diferencia entre encontrar empleo o no, estudiar o abandonar, acceder a derechos o quedarse fuera del sistema.

La pobreza digital existe

Hace apenas unos años, internet podía considerarse un recurso complementario. Hoy es una infraestructura básica para la vida cotidiana.

Sin conexión a internet es difícil por ejemplo solicitar ayudas sociales, renovar prestaciones, buscar empleo, estudiar, hacer trámites administrativos, comunicarse con profesionales, acceder a formación, o participar socialmente.

La pandemia dejó esto muy claro. Miles de familias tuvieron enormes dificultades para seguir clases online, realizar trámites o mantener contacto con recursos sociales porque no tenían dispositivos adecuados, datos móviles suficientes o una conexión estable.

Muchas entidades sociales descubrieron entonces algo importante: no basta con ofrecer acompañamiento social si las personas no pueden conectarse al mundo digital.

El acceso a internet empieza a entenderse como un derecho social

Cada vez más organismos internacionales y administraciones públicas consideran que el acceso a internet es un elemento esencial para la inclusión social.

De hecho, en España ya existen programas públicos como el Bono Social de Conectividad o Bono Digital, dirigidos a personas en situación de vulnerabilidad económica.

Esto refleja un cambio de mirada importante:
la conectividad deja de verse como un lujo y empieza a entenderse como una herramienta de igualdad de oportunidades.

Porque actualmente, una persona sin acceso digital parte con una clara desventaja en ámbitos como: educación, empleo, salud, participación ciudadana, acceso a prestaciones, relaciones sociales y autonomía personal.

La brecha digital no afecta a todo el mundo igual

La exclusión digital impacta especialmente en personas mayores, familias con bajos ingresos, personas migrantes, personas sin hogar, jóvenes en situación de vulnerabilidad, personas con discapacidad, habitantes de zonas rurales, o personas con baja alfabetización digital.

En muchos casos, el problema no es solamente económico.

También aparecen dificultades relacionadas con la comprensión tecnológica, el miedo a equivocarse,la falta de formación o la imposibilidad de adaptarse a trámites cada vez más digitalizados.

Por eso, muchas entidades sociales no solo ofrecen ayudas económicas para internet o dispositivos, sino también formación y acompañamiento digital.

¿Tiene sentido ayudar a pagar herramientas como ChatGPT?

Hace unos años esta pregunta habría parecido absurda. Hoy ya no lo es tanto.

La inteligencia artificial está empezando a formar parte de la vida cotidiana de millones de personaspa para estudiar, redactar documentos, traducir textos, preparar entrevistas de trabajo, mejorar currículums, aprender idiomas, organizar tareasm o acceder a información de manera más sencilla.

Y aquí aparece una cuestión social importante: ¿Qué ocurrirá si solo pueden acceder a estas herramientas quienes tienen recursos económicos?

Existe el riesgo de crear una nueva brecha: la brecha de la inteligencia artificial.

Mientras algunas personas utilizan herramientas avanzadas para mejorar su productividad, aprender nuevas habilidades o acceder a mejores oportunidades laborales, otras pueden quedar completamente fuera de esta transformación tecnológica.

La IA también puede ser una herramienta de inclusión

En determinados contextos, herramientas como ChatGPT pueden convertirse en recursos de apoyo muy útiles para personas en situación de vulnerabilidad.

Por ejemplo:

  • una persona migrante puede usarla para traducir documentos,
  • un joven puede utilizarla para estudiar oposiciones,
  • una persona desempleada puede practicar entrevistas de trabajo,
  • alguien con dificultades de comprensión lectora puede pedir explicaciones sencillas,
  • o una persona con ansiedad social puede preparar conversaciones importantes.

La tecnología, bien utilizada, puede aumentar la autonomía personal.

Y precisamente uno de los objetivos históricos del Trabajo Social y de la intervención social ha sido siempre favorecer la autonomía, la participación y el acceso a oportunidades.

Las necesidades sociales evolucionan con la sociedad. Y los Servicios Sociales deben adaptarse a esas transformaciones.

El reto: evitar nuevas desigualdades tecnológicas

La inteligencia artificial y la digitalización avanzan muy rápido. El riesgo es que solo una parte de la población pueda beneficiarse de estas herramientas mientras otras personas quedan atrás.

Por eso, en los próximos años probablemente veremos más programas de alfabetización digital, ayudas para conectividad, préstamos de dispositivos, formación en IA, espacios comunitarios digitales y proyectos sociales centrados en reducir la exclusión tecnológica.

La pregunta ya no es si la tecnología influye en la inclusión social. La verdadera pregunta es:
¿cómo evitamos que la tecnología amplíe aún más las desigualdades existentes?

El papel del Trabajo Social ante esta nueva realidad

El Trabajo Social tiene un papel clave en este contexto. No solo para detectar necesidades digitales, sino también para acompañar procesos de adaptación tecnológica, prevenir exclusión digital, promover un uso ético de la IA y garantizar que nadie quede fuera de la transformación digital.

La pobreza del siglo XXI no siempre se ve. A veces no se manifiesta únicamente en la falta de alimentos o vivienda. También aparece cuando una persona no puede conectarse, aprender, comunicarse o acceder a oportunidades porque está desconectada digitalmente.

Y entender esto será fundamental para construir unos Servicios Sociales más adaptados a la realidad actual.

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