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Descubre las consecuencias que provoca el no tener un hogar en la salud mental.
María lleva más de dos años cambiando de habitación cada pocos meses. Tiene trabajo, madruga, cumple con sus responsabilidades y cuida de otras personas mayores en sus casas. Sin embargo, su propia vida se sostiene sobre una inestabilidad constante. Cada vez que termina un contrato de alquiler o sube el precio, toca hacer maletas de nuevo.
No sabe cuánto tiempo estará en su próxima habitación. No puede decorar, no puede invitar a nadie, no puede descansar del todo. Vive en una especie de provisionalidad permanente. Y aunque muchas veces se dice a sí misma que “podría estar peor”, lo cierto es que el cansancio emocional empieza a pesar más que las cajas que nunca termina de deshacer.
La historia de María no es una excepción. Es una realidad cada vez más extendida. Y tiene un impacto claro, aunque pocas veces se nombre así: afecta directamente a la salud mental.
Venga, te dejo que te saltes alguna parte...
Cuando la vivienda deja de ser un lugar seguro
La vivienda no es solo un techo. Es un espacio de descanso, de intimidad, de seguridad. Es el lugar donde una persona puede bajar la guardia.
Cuando esa base falla, todo lo demás tambalea.
Vivir con la incertidumbre constante de no saber dónde estarás dentro de unos meses genera una tensión sostenida. No es una crisis puntual, es un desgaste continuo. Y eso tiene consecuencias:
- Dificultad para descansar
- Ansiedad anticipatoria
- Sensación de inestabilidad constante
- Problemas de concentración
- Desgaste emocional
No tener un hogar estable no solo afecta a la logística de la vida diaria. Afecta a cómo se vive la vida.
Todo esto sin detallar las consecuencias cuando vives en la calle, en un trastero, edificio abandonado o en una chavola, porque como ya sabes, existen muchos tipo de situaciones de sinhogarismo tal y como se presenta en la tipología Ethos.
Trabajar y no poder vivir con tranquilidad
Durante años, se asumió que el empleo era la vía para garantizar estabilidad. Pero esa idea cada vez encaja menos con la realidad.
Hoy, muchas personas trabajan y, aun así, no pueden acceder a una vivienda digna. El precio del alquiler, la falta de vivienda pública y la precariedad laboral han generado un escenario donde vivir de forma estable se convierte en un privilegio.
Esto genera una paradoja muy dura:
personas responsables, con empleo, que cumplen con todo… pero que viven en una situación de vulnerabilidad constante.
Y esa sensación de no avanzar, de no poder construir, de estar siempre “de paso”, tiene un impacto emocional profundo.
La inseguridad residencial también es salud mental
Cada vez hay más evidencia de que los determinantes sociales —como la vivienda, el empleo o la red de apoyo— influyen directamente en la salud mental.
No es solo “cómo piensa una persona”, sino en qué condiciones está viviendo.
Cuando no hay estabilidad residencial:
- Aumenta el estrés crónico
- Se reduce la sensación de control sobre la propia vida
- Aparece frustración y agotamiento
- Se dificulta la planificación del futuro
- Se debilitan los vínculos sociales
No es casualidad que muchas personas en esta situación digan frases como:
“Estoy cansada todo el tiempo”
“No consigo desconectar”
“No siento que tenga un lugar propio”
No es falta de resiliencia. Es falta de estabilidad.
El papel del Trabajo Social ante esta realidad
Aquí es donde el Trabajo Social cobra especial importancia.
Porque este tipo de situaciones no siempre encajan en las categorías clásicas de exclusión. No son casos “extremos”, pero sí profundamente desgastantes.
El Trabajo Social puede intervenir desde varias dimensiones:
- Detectar lo que no siempre se ve: Muchas personas no piden ayuda porque “tienen trabajo”. Pero vivir en habitaciones temporales o en condiciones inestables también es vulnerabilidad.
- Acompañar emocionalmente: Nombrar lo que ocurre, validar el malestar y acompañar el proceso ya es una forma de intervención.
- Facilitar acceso a recursos: Ayudas al alquiler, programas de vivienda, orientación laboral o redes comunitarias pueden marcar la diferencia.
- Trabajar desde lo comunitario: Fortalecer redes, generar espacios de apoyo y romper el aislamiento es clave en este tipo de situaciones.
- Incidir en lo estructural:
- El problema no es individual. Es un problema de acceso a derechos. Y el Trabajo Social también tiene un papel en visibilizarlo y denunciarlo.
Recursos útiles para Trabajo Social
Asociaciones y entidades especializadas en vivienda y exclusión residencial
- HOGAR SÍ
- Referente en sinhogarismo y modelo Housing First.
- Publica informes, investigaciones y guías prácticas.
- Provivienda
- Especializada en inclusión residencial y acceso a vivienda.
- Recursos útiles sobre exclusión residencial y acompañamiento social.
- Cáritas Española
- Informes sobre pobreza, vivienda y exclusión social.
- Programas de apoyo residencial y emergencia social.
- EAPN España
- Red Europea de Lucha contra la Pobreza.
- Datos actualizados sobre pobreza laboral, exclusión y vivienda.
Escalas y herramientas de valoración social
- Escala Gijón de Valoración Sociofamiliar
- Escala Zarit (Sobrecarga del cuidador)
- APGAR Familiar
- Modelo ETHOS (Exclusión residencial)
Formación recomendada para profesionales
- Nuevo reglamento de extranjería, con duración de 50 horas (60€). Homologado por el Colegio de Trabajo Social de Bizkaia.
- Atención a personas sin hogar: modelo de intervención Housing First, duración 50 horas (60€), homologado por el Colegio de Trabajo Social de Bizkaia.
- Orientación e inclusión social de personas migrantes, duración 50 horas (55€), homologado por la Universidad UTAMED.
- Intervención socioeducativa con jóvenes en riesgo de exclusión social, duración 50 horas (79€), homologado por la Universidad UTAMED.




